Km. 12

Km. 12
Un caparazón negro a dos ruedas se deslizaba por el manto de alquitrán de aquella noche mojada. El rugido de sus entrañas asordaba a los árboles que circundaban la vetusta carretera de las afueras de Roma.

Fabrizio vislumbró el solitario y cotidiano cruce de caminos que conducía a su casa. No aminoró confiado en su destreza y en el millón de veces que había realizado a diario esa maniobra. Pero aquel día sucedió algo inesperado. Un anciano motorista apareció de la nada de repente. A lomos de un viejo scooter destartalado invadió la calzada por la derecha sin percatarse de la presencia del bólido de Fabrizio.

Para evitar la brutal colisión el joven tuvo que virar bruscamente hacia la izquierda yendo ocupar el sentido contrario de la marcha. La mala fortuna quiso que un enorme camión circulara justo en ese momento en ese carril.

Fueron milésimas de segundo… Puede que ni eso.
Un resplandor de luces. Un fogonazo inexplicable.
Sin saber cómo ni por qué, el nuevo talento de los fogones televisivos,se encontró al otro lado del impacto. El imponente tráiler continuó su marcha. El anciano sin embargo frenó en seco probablemente acongojado por el enorme susto.

Fabrizio miró varias veces hacia atrás aún sorprendido por lo acaecido. No se explicaba cómo había salido indemne de aquella situación. Se sintió mareado y aturdido, y pensó que posiblemente sería a causa de la fuerte emoción y de la adrenalina.

El resto del trayecto a casa fue como un sueño. Duró apenas un suspiro. Bajó de su Ducati y entró en su chalet.
Elisa dormía en el sofá. Le susurró para intentar despertarla pero estaba profundamente dormida.
No corrían buenos tiempos para su relación. Desde que Fabrizio se había convertido en una celebridad televisiva con su programa de cocina alternativa la vida de ambos había mutado.

Donde antes había comprensión y complicidad, ahora había prisas, soledad y desencanto. Y mucho dinero. Demasiado dinero.
El chef intentaba compensar sus continuadas ausencias con costosos regalos que tan sólo despertaban la fugaz sonrisa de una Elisa consumida por las dudas.

Al día siguiente ni hablaron. El intentó contarle el extraño episodio en la carretera de la noche anterior. Pero ella le ignoró.
El resto del día se lo pasó llorando y consolándose con su madre por teléfono. Fabrizio no entendía nada.
Ya no se comunicaban. No sabía qué hacer para revertir su situación. Todo se estaba yendo a pique… Justo ahora que la fortuna, la fama y el éxito llamaban con vehemencia a su puerta. Así es la vida a veces, un contrasentido cruel y caprichoso.

Harto de sentirse ignorado por Elisa se fue a la televisión como cada tarde. Aquella tarde fue extraña. El chef no tenía humor ni paciencia y se pasó la tarde lamentándose y comportándose de manera pueril, justo como él había jurado y perjurado que jamás habría hecho si un día hubiese llegado a ser famoso.
Impertinente con todo su equipo hasta tiró una bandeja de cafés al suelo cuando quería imponer su criterio en una de las tomas de la grabación del programa. Se sintió estúpido e incomprendido. Abandonó el plató y se perdió por las carreteras entre la bruma de una Roma adormecida en aquel otoño moribundo.

Aquella semana la situación con Elisa llegó a un punto sin retorno. La melancólica arquitecta napolitana decidió poner punto final a su convivencia. El incómodo olor de la cinta de embalaje invadió cada estancia y los paquetes y las cajas llenaron de amargura cada rincón de la casa.

En menos de dos días de Elisa sólo quedaba el eco de sus pasos. Ya no se escuchaban aquellos gemidos de un inicio ilusionado. Nada quedaba de sus risas pasadas, de sus sueños compartidos y de sus besos compulsivos. Nada.

Lo que más le dolió a Fabrizio es que Elisa dejó todas sus fotos. Las abandonó todas. No se llevó ni siquiera una de recuerdo…
Él le gritó. Le gritó mucho. Le reprochó que fuera una cobarde, que no luchara, que diera todo por perdido. Elisa no le escuchó. Sólo lloraba. Lágrimas sordas de un amor resquebrajado.

Fabrizio le siguió gritando.
Y se culpó por esos gritos.
Gritos amargos en la madrugada incipiente. Gritos de hastío amargo e implacable.
Se cerró la puerta. Y Elisa se marchó para siempre.
Y con ella los sueños de Fabrizio y su voz. Fabrizio no volvió a gritar nunca más.

La pena y la tristeza se apoltronaron en el salón. Casi podía hablar con ellas.
De hecho muchas veces lo hizo.
Y así el cocinero mediático vio como en poco tiempo su cadena televisiva suspendía su programa culinario. Como desaparecían los carteles y anuncios publicitarios con su rostro. Como el teléfono sonaba cada vez menos. Hasta que un día dejó de sonar.

Dejó de ir a jugar al fútbol. Jugaba cada jueves por la noche un partido de una liguilla amateur.
Pero perdió las ganas de jugar. A veces se sentaba en la grada y contemplaba en silencio el partido de sus compañeros.
Un día decidió volver al equipo y encontró que su taquilla tenía ya un nuevo dueño. Ya no contaban con él.
Ya nadie contaba con Fabrizio.

Con los amigos encontró sólo una inesperada incomprensión. Nadie le daba una respuesta a su extrema situación. Ni a sus miedos. Ni al dolor por la pérdida de Elisa. Sólo silencio.
Matteo, su mejor amigo, fue el único que rompió a llorar alguna vez con él. Contemplaban juntos fotos antiguas, de cuando eran unos indolentes cazadores de sueños. Y Matteo siempre terminaba llorando. Era evidente que él no pasaba tampoco por un buen momento. Pero se cubrió de hermetismo y jamás le contó a Fabrizio el por qué de su melancolía.

La familia de Fabrizio reaccionó como él esperaba. Con fría indiferencia. Nunca habían sido personas expresivas ni dadas a regalar calor humano. Así que el hecho de que Fabrizio hubiera caído en desgracia causó sólo más hielo y más silencio en aquella enorme casa fría y callada.
Fabrizio en cambio notó un cambio en su madre. Era la que más le había mostrado su orgullo por su éxito profesional y la única que trataba de manera decente a Elisa. El desastre de su hijo y la marcha de Elisa parecían haberle afectado más que al resto. Porque su madre le pareció desganada y ni siquiera se maquillaba y arreglaba como antes.
Y así Fabrizio se arrastró con su Ducati, dando bandazos por una ciudad que parecía otra. Por unas calles que ya no reconocía. Sin un mañana, sin un porqué, sin importarle que los meses engulleran su existencia.

Hasta que un día volvió a encontrar a Elisa.
Volvía a casa. Kilómetro 12.
Ese trozo de calzada donde hacía meses había ocurrido aquel extraño episodio con su motocicleta.
Y la vio allí. Allí estaba la elegante Elisa. Abrigo impecable. Pelo perfecto. Rubia y guapa como siempre.
Había parado en el arcén y había bajado de su pequeño mercedes. Fabrizio hizo lo propio a pocos metros de ella. Se acercó dubitativo y sobreexcitado por el inesperado reencuentro. Tantas cosas habían quedado por decir, tantas cosas que habría deseado No haber dicho nunca. No sabía si tenía algún problema mecánico y necesitaba ayuda.

Por fin tomó el valor para acercarse. Elisa estaba de espaldas y llevaba algo en sus manos que Fabrizio no acertaba a ver.
La llamó:
-Elisa…
La rubia joven se giró de golpe. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y desazón. Casi miedo.
-No pretendía asustarte, Elisa…
Los ojos de Elisa le traspasaron y buscaron respuesta a meses de preguntas silenciosas.

Fabrizio notó las flores que la chica llevaba en sus manos.
-¿Qué haces aquí, Elisa? ¿Por qué no me llamaste nunca?
Elisa rompió a llorar. Fue un llanto sordo y amargo. Él quiso abrazarla pero desistió.
Ella le respondió:
-¿Por qué me has hecho esto, Fabri? ¿Por qué?

El se sintió morir por dentro cuando la escucho sollozar.
Fabrizio se quedó inmóvil. Petrificado.
Elisa se giró y apoyó el ramo de rosas en el secular muro romano de aquella olvidada carretera. Apoyado en él reinaba un marco con una fotografía. Un joven chef sonriente y anhelante de vida entre fogones y luces de plató.

Fabrizio sintió una espada atravesarle el alma. Un resplandor de luces. Un fogonazo inexplicable. Aquel anciano que llora desconsolado por un desconocido. Aquel enorme camión que arrastra un caparazón negro centenares de metros. Aquella noche en la que Elisa le retiró la palabra. Aquellos llantos y las llamadas histéricas de la chica con su madre. Aquellas cajas y la cinta de embalaje. Aquellas fotos olvidadas. Aquella puerta que se cerró para siempre.
Aquella bandeja de cafés tirada sin causa ni culpable. Aquel programa de televisión suspendido. Aquellos carteles publicitarios melancólicamente retirados. Aquel teléfono que nunca más sonó. Aquella taquilla de vestuario cerrada. Aquellos amigos silenciosos. Matteo llorando con sus viejas fotos. Aquella madre desganada en esa casa callada cubierta de hielo…

Los sueños y las risas murieron de otoño aquella noche en el kilómetro 12.

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