Hubergasse#24

Papá Noel sudaba abundantemente… No podía levantarse. No podía incorporarse y sólo podía agitar nerviosamente sus piernas, mientras intentaba mantener la calma y no gritar.

De haberlo hecho habría despertado a los habitantes de la casa. Si es que acaso no estaban ya en pie de guerra con aquel estruendo que acababa de provocar resbalando y cayendo desde la cima de la chimenea. Tuvo la mala fortuna además, de que en ese preciso instante, el papá de aquella casa tuvo la infeliz idea de asomarse al hueco del conducto.
A saber qué buscaba o qué pretendía mirando por el negro túnel a las 3 de la mañana…

El resultado fue la muerte instantánea. Cráneo reventado bajo el enorme pandero del abuelo más famoso del mundo.
– ¿A quién leches de reno se le ocurre mirar por la chimenea en Nochebuena? Ay Señor, ay Señor… – sollozaba el viejo.

Intentó comprobar si aún estaba con vida. Pero no obtuvo respuesta del desdichado. Muerte absoluta. Encima no podía liberarse del cubículo donde se encontraba hacinado.
Tenía un cadáver bajo el culo.
Y nada podía hacer para mejorar la situación sin gritar y protagonizar el bochorno más mediático de la vida moderna.

-Ay Señor Santo… Por todos los renos… – se lamentaba Santa Claus.

De repente, en la oscuridad del salón, apareció un niño rubito de unos 3 años abrazado a un elefantito de peluche. Su pijama de Pocoyó se iluminaba intermitentemente por el parpadeo de las luces del árbol de Navidad.
Se plantó justo delante de la chimenea sin entender bien qué significaba la escena que se ofrecía antes sus adormilados ojillos.

Papá Noel percibió su presencia. Se quedó petrificado. Inmóvil. Con el tronco congelado en el interior de la chimenea.
Y entonces el pequeño dijo:
-Estás muy gordo. Eso es porque te comes todas las galletas y la leche de todas las casas.

Evidentemente no había reparado aún que el cuerpo sin vida de su papá yacía bajo el tremendo trasero del santo barbudo.
El anciano comprendió que para salir de aquella situación, no tenía más salida que pedir ayuda a aquel pequeño noctámbulo.
-¿Cómo te llamas chiquitín?- preguntó dulcemente Papá Noel desde el interior de la chimenea.
– Dímelo tú. Mi papá dice que tú sabes todos los nombres de todos los niños del mundo de memoria…
La primera en la frente.

El santo abuelo suspiró profundamente. ¿Cómo se llamaba aquel niño? Debía recordarlo y deprisa.
– Vamos…. vamos…- pensó en plena crisis de ansiedad- …Tengo que recordar el nombre de este niño…
Aquella calle de Viena era la Hubergasse que hacía esquina con la Friedmanngasse, era la segunda planta, del número 24… Por tanto el niño en cuestión debía ser Tobías Hertz.
– Tobías Hertz… – dijo preso de su confianza ciega en su mágica e infalible memoria.
-Creo que tú no eres Papá Noel – respondió el niño contrariado – Tobías es mi vecino. Vive en la casa de al lado… Creo que tendré que llamar a mi papá para que te eche de nuestra chimenea.
-¿Cómo que no eres Tobías?- respondió aterrorizado el anciano.
-No, no lo soy. No soy Tobías.
Eres uno de esos “papanoeles” de mentira del centro comercial, que te dicen que son Papá Noel y no es verdad y que se guardan las cartas de los niños y luego las tiran en la papelera. Te va a coger la Policía y te va a meter en un cárcel de “papanoeles” falsos. Allí te harán comer turrón y beber leche hasta que explotes, por mentir a los niños…

Segundo gancho en la mandíbula.
Evidentemente se había equivocado de chimenea… Si ese niño no era Tobías Hertz tendría que ser el vecino…y ése no podía ser otro que Dieter Engel… El pequeño, sabiondo, avispado e irreverente Dieter.
-¡Dieter!…¡Eres Dieter! – exclamó el barbudo desde detrás del muro.
El propietario del pijama de Pocoyó le miró condescendiente.
– Si te portas mal vendrá la Policía y te pondrán el culo morado. Pero si te portas bien no llamaré a nadie.
Santa Claus empezó a hiperventilar en su cárcel de ladrillo.

– Me portaré bien, Dieter… palabra de Papá Noel.
– Eso espero… Para empezar, tendrás que darme todos los juguetes que yo te pida – amenazó el pequeño.
-¿¡Cómo!?… ¿Me estás chantajeando, Dieter?
– O me das los juguetes que yo quiera o llamaré a la Policía – repitió incansable – y te llevarán preso por haber matado a mi papá con tu culo gordo…

Silencio.
Silencio absoluto.
Hielo glaciar.
Estalactitas que pendían de la noche equivocada.
Santa Claus enmudeció.
– Pero Dieter… Por todos los renos, qué estás diciendo…
El niño se revolvió hacia el hueco de la escalera y gritó:
-¡Viejo inútil! ¡Eres un farsante!
Patético gordo que das pena… Asesino..

El venerable anciano no daba crédito a sus oídos. Estaba literalmente congelado. Aturdido y noqueado.
-Pero Dieter… ¿Cómo me dices esas cosas…?
De repente un caño de luz cegadora surgió violentamente de la boca del niño. Sus fauces se abrieron de par en par y el brutal chorro de energía invadió la chimenea.
La potencia del ensordecedor rayo levantó el cuerpo del barbudo rechoncho hasta la cima del conducto del hollín como si fuera un triste muñeco y con enorme violencia lo estrelló de nuevo contra el suelo.
El cadáver del papá aplastado había desaparecido. Papá Noel, fuera de sí, no acertaba a comprender qué estaba ocurriendo ni por qué.

Dolorido, asustado, empanicado y aturdido, intentó incorporarse del suelo del fogaril y salir de esa maldita cárcel.
Lo consiguió a duras penas mientras buscaba a tientas sus gafas perdidas por el terrible impacto.
Las encontró y se las colocó nerviosamente.
Cuando atemorizado alzó sus ojos, éstos se cruzaron con los aterradores ojos encendidos en sangre de un niño que ya no era un niño. La criatura resultante se retorcía entre gruñidos sobrenaturales mientras su cabeza dondolaba como un péndulo sin orden ni concierto.
-Vas ….¡¡¡¡ a morir, viejo!!!! – dijo la voz gutural que emanaba del cuerpo.
Levantó uno de sus brazos atrofiados y lo dirigió hacia el santo, haciendo que el viejo se estrellara con fuerza sobrehumana contra los ladrillos del hogar.
Papá Noel agonizante y tembloroso intentó en vano hacerse oír por el engendro.
– Dieter… te ruego- logró articular débilmente Santa Claus.
La cosa se acercó al santo anciano y con crueldad infinita tapó con sus manos retorcidas la nariz y la boca robándole la vida.

En el elegante supermercado Merkus se respiraba la Navidad.
Las guirnaldas plateadas reinaban en las columnas y pasillos repletos de familias, parejas y almas solitarias en busca de viandas refinadas para la cena de Nochebuena.

Unos papás avanzaban lentamente por uno de los corredores con un carro de la compra. Su hijo pequeño iba a bordo acomodado en el espacio destinado para los niños. La criatura no perdía detalle alguno de las luces navideñas y de los suculentos productos de las vitrinas expositoras.

Por el fondo del pasillo, en dirección contraria, se acercaba un distinguido señor de pelo largo y blanco, con elegante sombrero negro y abrigo de lana oscuro. Tiraba de una cesta con ruedas que contenía una botella de vino y algo de queso.
Buscaba un poco de foie de calidad para completar su escueta y habitual cena de aquel 24 de diciembre.
Su dedos estaban a punto de agarrar la última lata del preciado manjar francés pero se toparon con otros dedos femeninos que se le anticiparon.

Instintivamente sus ojos se cruzaron para dirimir quién se apoderaría de tan codiciado envase.
La mujer, joven, alta y bien parecida sonrió pícaramente para finiquitar con elegancia el duelo culinario.
El distinguido anciano dudó un instante, lo justo para que las pupilas de la mujer se dilataran de recelo.
– Quédeselo…- espetó la joven molesta.
– De ninguna manera señora… Todo suyo – concluyó el anciano un tanto avergonzado.

En esas, el marido de la bella mamá se acercó con varios productos en las manos que consiguió depositar dentro del carro de la compra.
Por un momento se cruzaron las miradas de los tres adultos. Interrogante la del marido. Enigmática la de su mujer. Embarazosa la del señor del pelo largo y blanco.

Este último, superado el momento de rubor por la lata de foie, se disponía a continuar la búsqueda de alguna delicatessen, cuando de repente, de entre medias de los papás, distinguió la figura de su pequeñín sentado en el transportín del carro de la compra. Un niño rubito, que tenía en sus manos su peluche, le miraba fijamente.
Sus ojos emanaron el mal.
El mal sin más.
Le escudriñaron. Le escarvaron dentro. Ojearon sus miserias, sus pecados, sus secretos más íntimos, sus vergüenzas y le hicieron sentir toda la podredumbre que todo ser humano oculta en sus entrañas.

Le hicieron regresar a su desdichada infancia. A sus noches escondido bajo la cama para evitar palizas. A las botellas de licor escondidas en el baño por una madre desquiciada. El abandono de un padre burdo y mezquino.

Esos ojos le arañaron aún más profundo y con inaudita fiereza laceraron su alma.
Le hicieron verse de torpe adolescente.
De marido inadecuado.
De padre inoperante.
De viudo solitario.
De conductor alcoholizado al volante de su rabia. De asesino involuntario de chapa y gasolina. De desesperado preso en una penitenciaría de muerte en vida.
Y de Santa Claus por un milagro de Navidad.

Y se vio bajando por chimeneas ajenas en busca del perdón divino.
Entonces el carrito con el niño y sus papás se alejó por el pasillo del supermercado, con ese irritante rechinar de metal atascado.
– Vamos a casa, Dieter – anunció la bella mamá.
Las ruedas afiladas del carro arrollaron a un elefantito de peluche.

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