El diablo enamorado

El joven diablo había llegado a la tierra esa misma mañana.
Vagaba distraído por la Quinta Avenida escondido tras la apariencia de un artista callejero.
Portaba una enorme y pesada mochila con bártulos de malabarista, mazas y varios estrambóticos cacharros más.

Avanzaba entre la multitud absorbiendo la energía de cuantos viandantes se cruzaban en su camino. Les aspiraba su aire, sus perfumes, su alegría y su frescura.
La gente al pasar junto a él languidecía. Los caminantes notaban algo extraño… debilidad… tristeza… inquietud… profunda melancolía.

El malabarista demoníaco hinchaba el pecho ante tan enorme cantidad de aire repleto de vida e ilusiones que arribaba hasta sus pérfidos pulmones.
Observaba a cada individuo. Sus ojos. Sus andares. Su peinado. Su abrigo. Su expresión. Su alma.
Y ya sabía todo de cada uno de ellos. Ya sabía todo.

Pero de repente, de entre esta multitud de ánimas viajeras, apareció una criatura sorprendente. Una joven de pelo rojizo, piel de seda y marfil, polvo de canela en las mejillas, ojos de bosque en invierno y boca inventada.
Y el diablo simplemente no pudo saber nada de ella. Nada. No pudo excavar en su alma. No pudo arañar su corazón en busca de amores y dolores. No pudo saber su nombre. Ni su edad. Ni de dónde había llegado.
No lograba saber nada de la enigmática joven.

Entonces, el pequeño diablo se paró en seco. Y con él se pararon todos los relojes de la emblemática estrada neoyorquina.
En una décima de segundo se plantó a su lado. Abrió sus fosas nasales para intentar robar su aroma y su perfume de vida nueva.
Una bocanada de aire marino, agua fresca y hierba virgen colapsaron sus sentidos.
Aturdido, la miró.
Por un segundo los ojos de bosque en invierno le miraron.
Fue un fugaz instante. Lo justo para que su belleza inexplicable le invadiera las pupilas, cegándolo durante unos momentos.

El malabarista del mal se tapó los ojos con su mano. Sintió un mareo que comenzó en su cabeza y recorrió el resto de su cuerpo callejero. No entendía que le estaba sucediendo ni el porqué de esa reacción sobrenatural.
Al abrir sus ojos de nuevo, la chica había desaparecido.
Intentó descifrar en qué dirección había ido pero la muchedumbre que cubría las aceras había engullido a la joven del pelo rojizo y la piel de seda.

El diablo sintió ansia. Sintió desamparo. Sintió ausencia.
La buscó entre las gentes… Se acercó a varias chicas y las giró bruscamente para comprobar si eran ella. Pero no lo eran.
Se había esfumado.
Corrió avenida abajo en busca de la dulce criatura.

Y al final la encontró. El diablo pegó un brinco de satisfacción y con él sus rastas de malabarista.
La joven caminaba con su abrigo de lana y su bufanda de miedos.
Esta vez la siguió desde lejos. No se atrevió a acercarse. Temía volver a cegarse con la luz de sus ojos. Se mantuvo unos metros por detrás pero no la perdió de vista.

Después de caminar unos minutos tras la dulzura de la Quinta Avenida, el diablo observó como la chica bajaba las escaleras del Metro. Él descendió a su vez.
Subieron al vagón. Se acomodó en un asiento de plástico a una distancia prudencial pero sin separar sus ojos de ella ni un instante durante el trayecto.
Bajó junto a la pelirroja tres paradas más tarde. Subió las escaleras tras ella, observando su melena roja y las curvas que se marcaban bajo el abrigo.

Minutos más tarde la joven se encontraba frente a la entrada de un viejo edificio de apartamentos de la calle 52. Un nostálgico palacio anglosajón de un Nueva York ya desaparecido.
Subió las escaleras de ingreso y desapareció tras la puerta de madera de nogal.
El pequeño diablo, frustrado, se quedó fuera. Parecía un perrillo castigado en invierno esperando a que su amo tenga a bien volver a hacerle entrar en casa.

Miró por los enormes y vetustos ventanales en busca de su codiciada joven.
Y la encontró. La vio junto a una de estas ventanas en la segunda planta. La chica la abrió de par en par, retiró las cortinas y desapareció en la habitación.
El artista callejero se desesperaba. Tenía que verla como fuera.
Así que sin pensarlo un instante trepó por el enorme árbol que reinaba en la acera y se encaramó rama tras rama hasta que alcanzó la altura adecuada. Y desde allí, escondido tras las hojas de aquel arce noruego, pudo contemplar a sus anchas la totalidad de la estancia donde se encontraba la joven de la boca inventada.
Atendía a un joven postrado en una enorme cama clínica. Gotero, maquinaria hospitalaria por doquier. Silencio. Desdicha.

La chica le acomodó bien las almohadas y le besó en la frente.
Le miró con tanta dulzura que el diablo desde el árbol centenario sufrió celos humanos y nervios espesos.
Después la chica del pelo rojizo arropó con delicadeza al muchacho convaleciente.

El diablo volvió cada mañana a subirse a aquel árbol. Se pasó los días contemplando sus ojos de hierba y su boca inventada.
Observó cada detalle de la chica. Sus manos, su pelo, sus andares por la habitación, su ternura y su humanidad.
Durante semanas vio como la chica acudió a aquel joven enfermo con inmensa paciencia y dulzura. Le sobrecogió su forma de cuidarle. Le embaucó su modo de enrollarse su pelo rojo con sus dedos delicados mientras absorta contemplaba las tardes inertes de otoño.

Una tarde estuvo a punto ser descubierto por la chica.
El maléfico malabarista, distraído por la belleza de la joven, perdió el equilibrio en su rama durante unos instantes y estuvo a punto de caer al vacío. Consiguió asirse al árbol, pero de su mochila de artista callejero, una maza plateada cayó hasta el suelo desde las alturas con tremendo estrépito. La muchacha se asomó a la ventana. La abrió y miró en todas direcciones. El diablo creyó ser descubierto, pero se mantuvo agazapado en un silencio nervioso. La chica del pelo rojizo miró hacia el árbol.
Poco después cerró de nuevo la ventana.

Pasaron las semanas y el demonio malabarista continuó pasando sus mañanas y sus tardes de latidos y silencio en aquella rama. Con aquella vista divina de aquella boca inventada.

Hasta que un día todo cambió.
El diablo se encaramó como de costumbre en su escondrijo. Miró hacia el interior de la habitación y ante su asombro aquella habitación había mutado. No estaba aquella cama clínica. Ni las máquinas de hospital. No había ni rastro de aquel joven postrado y enfermo. Ni de la joven del pelo rojizo y la boca inventada.
Sólo quedó un objeto abandonado en el alféizar. Era una maza plateada que reinaba junto a la ventana. Pegado a ella había un trocito de papel.

El diablo se acercó ansioso sobre su rama gastada. Tomó la maza entre sus manos y despegó la nota adherida. La leyó con avidez:

“Creo que esta maza es tuya.
La encontré un día bajo tu árbol.
Anoche mi hermano se fue para siempre. Su cuerpo no ha aguantado más. Estoy muy triste y a la vez muy feliz por él…
Gracias por hacerme compañía todas esas mañanas de tristeza, todas mis tardes de soledad.
Gracias por hacerme sentir especial y por venir cada día a mirarme y a estar conmigo. Gracias por tus tiernas miradas, gracias por espiarme a escondidas.
Gracias a ti fueron soportables todos aquellos penosos días…
…Qué pena que nunca me hablaras.
Hasta siempre.”

Un diablo enamorado vagó para siempre con su corazón roto por la Quinta Avenida.

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