La Calle del Olvido

Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 1936

La ciudad, embutida aún en su pijama de tenues farolas, se desperezaba lentamente aquel viernes de noviembre.
El aire enfriaba el bullicio y el ruido de las bocinas de los pesados y escasos automóviles.
Las mujeres de rebecas carcomidas de guerra y de abandono se cruzaban como hormiguitas afanadas en su compra cotidiana de pan y agonía.
Hacía frío, hacía hambre y hacía miedo.

Soledad se apresuraba para no llegar tarde otra vez al ministerio donde trabajaba junto a la Plaza Mayor.
Entre sacos de barricadas de tristeza, la joven caminaba con su alma confundida entre deseos y destino. Era una soñadora nacida antes de tiempo. Una mujer de mente afilada y labios dormidos.

Al pasar junto al escaparate de su tienda preferida, su cuerpo se detuvo desobediendo a la cabeza.
Era el negocio de corte y confección de Calle del Olvido.
Allí había comprado, hasta el levantamiento de Franco, casi todos sus vestidos. Ahora apenas quedadan dos trapos colgados y muchas perchas de ansiedad.

Y empezó a llover.
El cielo eléctrico de un Madrid castigado con odio y con plomo, descargó con fiereza aguas de incertidumbre.
En una farola cercana un cable mostraba sus tripas de cobre.
La torrencial lluvia provocó un violento chispazo que lo seccionó por la mitad. Entonces el vetusto cabo se precipitó contra el escaparate de la tienda de ropa.

Soledad miraba en ese momento a través del enorme cristal de la vitrina. El látigo eléctrico la sorprendió mientras pegaba su nariz y sus frías manos al gélido cristal para ver mejor los vestidos de la tienda.

El violento destello del fogonazo sobre la vidriera cegó a la joven de ojos de turmalina y la empujó hacia atrás como si se tratase de una muñeca.
De repente, sus pupilas se abrieron de par en par ante la escena que se le presentaba ante sí…

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Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 2016.

Noviembre juega con las calles madrileñas. Le gusta soplar aire frío y agua turbia. Le gusta bromear sacando el sol un rato de asueto… para luego esconderlo con retranca y volverlo a sacar.
Y aquella mañana, Noviembre decidió jugar con Néstor. El joven miró por la ventana tacaña de su casa de mentira. El sol acariciaba con sus guiños los balcones y portales de su calle dormida.
Cogió su casco, su chaqueta de recuerdos y las llaves de su Vespa.
Nada más bajar, al pisar la acera, Noviembre empezó su burla vertiendo sus aguas de otoño sombrío.
El joven cerró sus ojos y respiró resignado. Tocaba empaparse.
Tras zigzaguear ausente entre humo, chapa y gasolina llegó a la Calle del Olvido.

Entró en la tienda de moda donde trabajaba como escaparatista.
Dejó en su taquilla sus cosas y departió unos minutos con sus compañeras.
Después de un café frío y empalagoso entró en el escaparate del negocio para cambiar dos maniquíes con nuevas prendas invernales.
Noviembre seguía con su tozudo sarcasmo. Guardó la lluvia espesa e irritante y sacó de paseo un sol recio y pegajoso que se coló por los cristales de la vitrina, desplegando serpentinas amarillas. Néstor se despojó de su eterna chaqueta para paliar el calor. Pero un minuto más tarde, Noviembre con ganas de tomarle el pelo, abrió de nuevo su grifo de lluvia y recelos.
Y empezó a llover.
Llovió como si abrieran una compuerta, y desde el cielo potentes tambores anunciaron la tormenta.

En ese instante, un operario municipal, equipado de arnés y máquina radial, cortaba un trozo de metal de una antigua farola. El agua vertida por las nubes de Noviembre le sorprendió sobre su grúa. La herramienta sufrió un cortocircuito y el hombre instintivamente la soltó.
Desde las alturas, la máquina, unida a su largo cable, describió una enorme parábola y su vuelo demente se fue a estrellar con tremendo estrépito contra el escaparate de la tienda de modas.
Un fogonazo eléctrico sentó del susto a Néstor en el suelo de la tienda.
Cuando consiguió levantarse, aún bajo shock, dirigió sus ojos hacia el exterior de la vidriera. Entonces
Sus pupilas se abrieron como las de un gato ante la realidad que la calle le mostraba…

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Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 1936

Soledad se frotaba los ojos. Dentro de escaparate un extraño joven yacía sentado en una superficie dorada y absurda. Tenía el pelo rizado y largo, barba poblada y ojos de nostalgia.
Vestía un atuendo harapiento y desaseado. Pantalones con boquetes y desgarros. Una camiseta interior de colores horrendos estampada con un escudo desconocido de una extraña flecha.
Llevaba pulseras y colgantes como una mujer. Y lo peor de todo, llevaba un pendiente en su lóbulo izquierdo.
Era “sin lugar a dudas un desviado” pensó la chica.
Pero su mente buscaba más respuestas ante la visión de aquel joven. Un joven que sobre todo le pareció malditamente hermoso.

Y de repente, sus ojos se encontraron. Se estudiaron. Se escudriñaron a la búsqueda de respuestas.
Se preguntaron todo sin decir nada.
Después el atractivo desconocido, se levantó y como un resorte, pegó su cara y sus manos en el cristal que les separaba.
Soledad sintió miedo y tuvo la intención de separarse del cristal. Pero no lo hizo. Sus manos se quedaron a un vidrioso centímetro de distancia. La lluvia, pertinaz y maleducada, mojaba impenitente el fino pelo de la chica de los labios dormidos.

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Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 2016

Néstor no daba crédito a lo que estaba viendo. Una chica, disfrazada de tiempos pasados, miraba por el escaparate apoyada en el inmenso cristal. Sus ojos, enormes y de colores mezclados, le atravesaron hasta el interior de la chaqueta.
Era una joven hermosa y frágil. Parecía una flor temblorosa, mojada y zarandeada por la tormenta. Y a Néstor le pareció bellísima. La miró. Y ella le miró.
Y así se quedaron minutos eternos separados por un centímetro de vidrio injusto y espeso.
Sus dedos continuaron pegados separados por el cristal y los interrogantes de aquella lluvia de noviembre.

Él consiguió abrir sus labios y pronunciar palabra:
– ¿Quién eres? Cómo te llamas?
Ella no respondió. No podía articular palabra.
Néstor continuó con su batería logorroica de preguntas alocadas de un cerebro a punto de estallar por las incógnitas.
– Pero…¿De dónde sales? ¿Por qué…. Por qué vas vestida…así?
La chica, que había navegado ya con sus ojos por el alma del joven, atinó a responder.
– Soy yo…. Soy Soledad.. Soy yo…

Sus ojos siguieron preguntando y respondiendo mil cuestiones que nacían a borbotones.
Sus dedos seguían unidos.

-¿Y tú? ¿Qué haces vestido así? No eres de aquí… ¿De dónde eres?…

Soledad no se atrevió a hacer la pregunta de la cual ya había adivinado la respuesta.

-Me llamo Néstor…. Trabajo aquí…y tú… tú eres un ángel.

Ella se ruborizó ante el desconocido. Se estremeció como esa flor azotada por la tempestad. Bajó los ojos avergonzados y rebosantes de estúpida e inexplicable alegría.

-Gracias… – respondió sin levantar los ojos – … Tú eres… Eres tan…. Tan….

Néstor sintió la electricidad de la vida cuando te acalambra sin piedad con el torbellino de lo inexplicable. Acercó sus labios al cristal y la besó a través de él. Soledad abrió sus ojos como las ventanas de un palacio inmerso en un bosque de mil colores. Como mariposas que abren sus alas cuando las gruesas gotas de lluvia sorprenden al atardecer.

Y sin saber muy bien ni cómo ni por qué, los labios de Soledad buscaron los del joven y se unieron a través del escaparate.
Así permanecieron segundos eternos pero al mismo tiempo fugaces, como la efímera existencia de esas gotas de lluvia solitaria.
Ella, atenazada por la vergüenza y por la sensación de morir viviendo, dibujó un corazón con su dedo sobre el húmedo escaparate.
El sonrió.
Y un nuevo beso les unió otra vez… …Para siempre.

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Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 1936

La multitud se agolpaba alrededor de una chica desvanecida sobre adoquines de morbosa incertidumbre.
Poco a poco recobró el sentido y abrió sus ojos de turmalina.
Se despojó de los curiosos y con vehemencia femenina se abalanzó sobre el escaparate.
No había rastro de aquel joven de pelo largo y ojos de nostalgia.
Nada quedaba de su mirada profunda y su beso eterno.
Nada.

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Madrid, Calle del Olvido, 7 de Noviembre de 2016

Las dependientas de la tienda de moda se arremolinaban junto al joven de la camiseta de colores.
Una extraña sonrisa reinaba en su rostro.
Entre un puzzle de voces y nervios femeninos el joven despertó.
Como un resorte se incorporó buscando las cristaleras y tropezando con un impertinente maniquí del escaparate.
La chica de vestidos antiguos y labios dormidos se había esfumado. Y con ella se fueron sus ojos de colores y su belleza temblorosa. Nada quedaba.

Néstor se sentó desconsolado con sus ojos perdidos en el inmenso cristal ante la atónita mirada de sus compañeras.
El muchacho se levantó con profunda tristeza.
Jamás se percató de como un delicado corazón, dibujado con frágiles dedos, se deshacía lentamente con los rayos de aquel sol de noviembre.

…Hay amores destinados a no encontrarse. A estar separados por el tiempo y un estúpido cristal de espesos sinsentidos.

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